El búfalo salvaje de Rondônia (también llamado búfalo amazónico) es una especie invasora que se ha convertido en un grave problema ecológico. Introducido en 1952 el gobierno llevo un total de 36 búfalos 30 hembras y 6 machos, introducidos con el proposito de producir carne, leche y como fuerza de trabajo, se adaptó al entorno inundado sin depredadores, multiplicándose exponencialmente. Hace veinte años había unos 5.000 ejemplares; hoy en día, decenas de miles vagan libremente, y se estima que en pocos años la población podría alcanzar a 50.000. La tasa de crecimiento es alarmante: sin control, la población podría duplicarse en pocos años, amenazando cada vez más la flora y fauna locales.
El proyecto fracasó y los búfalos quedaron en libertad. Con un entorno repleto de agua, pastos y prácticamente sin depredadores naturales, su reproducción se disparó. En la década de 1980, la granja Pau D'oleo fue abandonada, dando inicio al auge demográfico.
Tras 70 años sin intervención, la población se convirtió en una manada: el rebaño se multiplicó 138 veces. En informes oficiales (antiguos), el ICMBio estima que hay unos 5000 búfalos en la región, pero los expertos señalan cifras mucho mayores. El agrónomo Cristiano Furtado, quien estudió la zona, advierte que hay “fácilmente más de 35.000”. Biólogos como Richard Rasmussen también citan cifras superiores a las oficiales, que podrían alcanzar los 50.000 en pocos años si no se toman medidas. La imprecisión en las cifras refleja la dificultad: los senderos inundados y la densa selva hacen que el monitoreo sea casi imposible. Como resultado, los búfalos continúan reproduciéndose sin control, ocupando áreas de transición estratégicas entre la Amazonía, el Pantanal y el Cerrado.
El daño causado por el búfalo amazónico es profundo y diverso. Fundamentalmente, transforman sistemáticamente el medio ambiente: cada animal pesa hasta media tonelada y, caminando en fila india, abren senderos de hasta 3 metros de ancho y 1 metro de profundidad. Estos senderos se convierten en canales permanentes que drenan pantanos enteros. Estudios técnicos ya han señalado una reducción de hasta el 48% de la superficie de agua en las zonas donde habitan los búfalos. Con menos agua, los manantiales se secan y los pantanos desaparecen: una tragedia ecológica.
Además del agua, el suelo y la vegetación sufren impactos devastadores. El lodo compactado por las pezuñas de los búfalos reduce la infiltración de agua y asfixia las raíces. En algunos lugares, el suelo se ha hundido incluso hasta 1 metro, dejando las raíces al descubierto y matando los árboles. Esto se ha convertido en un "cementerio de buriti": los bosques de palmeras buriti (palmeras típicas de zonas inundadas) han sido diezmados por los búfalos. En 2024, un incendio de proporciones sin precedentes arrasó el suelo expuesto de la región: un suceso anómalo, explicado únicamente por el grado de desecación provocado por los búfalos.
La fauna autóctona también sufre graves consecuencias. Mamíferos como el ciervo de los pantanos (una especie vulnerable) se han visto confinados a zonas cada vez más pequeñas. Las observaciones con drones ya no muestran búfalos y ciervos juntos: los búfalos los han expulsado. Las aves acuáticas que necesitan vegetación inundada tienen 1140 veces más probabilidades de anidar en zonas sin búfalos que en zonas donde pastan. Y por si fuera poco, la presencia de búfalos atrae a cazadores furtivos en busca de trofeos.
Además, existe un grave riesgo para la salud. Los búfalos invasores nunca han sido vacunados contra la fiebre aftosa, la tuberculosis ni la brucelosis. Vagan libremente y pueden transmitir enfermedades a los rebaños cercanos, poniendo en peligro la ganadería en Rondônia e incluso la salud de las poblaciones ribereñas. No existe barrera biológica entre estos búfalos y el ganado doméstico; la mera proximidad es suficiente para desencadenar el riesgo de enfermedades zoonóticas.
En resumen, los impactos ambientales, sociales y sanitarios son sistémicos: desde la tierra hasta el agua, desde la flora hasta la fauna, e incluso en las economías de las personas. Permanecer impasibles no es una opción viable. El domingo pasado hemos visto en TV Globo Rural los problemas que esta trayendo esta superpoblación de animales.
Reconociendo la gravedad de la situación, ICMBio lanzó un proyecto piloto de sacrificio técnico en diciembre de 2025: la matanza de 500 búfalos salvajes en Rondônia. La acción involucra a ICMBio (logística), la Universidad de Rondônia (análisis sanitario) y una empresa privada de control de fauna silvestre (ejecución del sacrificio). Cámaras filmarán a los animales salvajes interactuando con los cadáveres y se tomarán muestras del 15% de ellos en el laboratorio, todo ello para comprender mejor el impacto de esta matanza.
La justificación oficial es clara: la región es inaccesible y aislada, sin carreteras, solo accesible en helicóptero. En el pasado, en un intento de captura en 2006, se gastaron R$4.500 por hora de vuelo y se capturaron muy pocos animales. Además, la carne de búfalo no se puede vender porque nunca ha estado sujeta a control sanitario; por lo tanto, no existe ninguna fuente de ingresos que compense el costo. Los puntos planteados por el gobierno son técnicamente válidos. Sin embargo, esta solución presenta graves deficiencias que comprometen su éxito. En primer lugar, el efecto es muy limitado: sacrificar 500 animales deja la manada prácticamente intacta. A este ritmo, la manada se recuperará rápidamente con las mismas tasas de reproducción anteriores.
La caza regulada (bien organizada) tiene una alta viabilidad, genera ingresos en lugar de costos y reduce la población entre un 15 % y un 25 %, a la vez que crea empleos e ingresos.Sin la participación de las comunidades indígenas y ribereñas, persisten la resistencia y la desconfianza. La Fiscalía incluso exigió un plan detallado para la disposición de estos cadáveres, bajo pena de una multa elevada. En resumen, la estrategia de sacrificio selectivo del gobierno fracasa en escala y no moviliza a los habitantes de la región.
Ante este dilema, el agrónomo y guía de caza profesional Cristiano Furtado propone una alternativa inspirada en África. En lugar de un costo perpetuo, su propuesta lo convierte en ingresos públicos. Furtado lo resume bien:Si se liberalizara la caza, europeos, estadounidenses, gente de todo el mundo vendría a cazar búfalos y pagaría 10.000 dólares por cada uno.
Su teoría es simple: el modelo brasileño de 1967 prohibió toda la caza y hoy demuestra que la prohibición solo aumenta el daño, además del declive de las especies nativas. Varios países han demostrado que la caza bien regulada con cuotas científicas y una supervisión rigurosa revierte esta situación. En lugar de limitarnos a invertir en control, generaríamos ingresos continuos que financiarían la gestión de la fauna silvestre.Gestión comunitaria con retorno directo: entre el 40 % y el 100 % de los ingresos de la caza se destinarían a las comunidades indígenas y tradicionales locales. Estos recursos financiarían escuelas, centros de salud e infraestructura en las reservas. En varias regiones del mundo, la población rural apoya la continuidad de la caza controlada al recibir una parte de las ganancias.
Financiación para la conservación: los ingresos servirían para reforzar la lucha contra la caza furtiva, financiar la investigación científica y ampliar la protección del hábitat. Con fondos disponibles, sería posible capacitar a guardabosques e instalar cámaras y drones. Reducción gradual de la población: al sacrificar selectivamente a machos y hembras adultos, se reduce la natalidad con el paso de los años. Con un plan de manejo adecuado, la manada disminuiría sin necesidad de sacrificios masivos. Fuente Legalmente Armado. G1. Gerardo Grosso












